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| El Eldorado |
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| Escrito por Gorka Bóveda |
| Miércoles, 11 de Febrero de 2004 01:00 |
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La historia del "hombre dorado", un soberano que vivía en un palacio de oro, y su grandioso imperio.
Corría el siglo XVI cuando llegó por primera vez a los oídos de Belalcázar, el lugarteniente de Pizarro, una historia indígena que trataba de un “hombre dorado”. Según narraban los indígenas vivía en un palacio hecho de oro, llamado la Casa del Sol, y era el señor del Imperio de Omagua, donde existían dos fabulosas ciudades llamadas Paytití y Manoa . El “hombre dorado” tenía la costumbre de bañarse todos los años en una laguna sagrada, y sus riquezas eran inmensas. A Belalcázar aquella fascinante historia se le quedó grabada en la mente. Pero a pesar de sus esfuerzos por encontrarlo jamás encontró ni al “hombre dorado” ni a su grandioso imperio. Al de poco tiempo, el español Francisco de Orellana regresaba después de haber logrado atravesar el continente sudamericano desde el océano Pacífico al Atlántico. En dicha hazaña le habían acompañado un grupo de valientes aventureros, que al llegar a España describieron sus hazañas. Entre dichas hazañas afirmaron haber encontrado el “hombre dorado” y su imperio, a los que se refirieron como el Eldorado. Según narraron existía un poderoso Zipa (señor supremo), que gobernaba la región de Guatavita, que hacía confinar a su heredero, considerado como el hijo del Sol, en cuanto nacía en una majestuosa casa circular hecha de oro. Nadie, excepto los sacerdotes que le servían, podían entrar en la casa de oro, y el recinto se solía consagrar mediante sacrificios humanos. Es más, nadie podía tener contacto directo con el llamado hijo del Sol, incluso sus sirvientes tenían que acercarse a él de espaldas. Cuando llegaba el momento, se hacía una ceremonia de consagración en la que el heredero de convertía en el nuevo Zipa. Para ello abandonaba su prisión y ofrecía sacrificios, mediante metales preciosos y sacrificios humanos, a los demonios que se decían que habitaban en el lago Guatavita. Luego, cada año tenía que confirmar su condición mediante un ceremonial en el que al nuevo Zipa se le desnudaba y se le recubría con polvo de oro, para más tarde sumergirle varias veces en las aguas del lago. Después los sacerdotes debían arrojar al agua ofrendas valiosas, mientras el Zipa disparaba una jabalina de oro. Más tarde, el Zipa regresaba a su templo acompañado de su séquito.
Cierta o no esta historia, hizo que los intentos por encontrar Eldorado se multiplicasen. Durante los siglos siguientes los intentos no cesaron. Incluso en el siglo XIX se llegó a localizar el legendario lago de Guativita, pero al ser desecado solamente se encontraron algunos objetos de oro de reducido valor.
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Según los exploradores lograron hacerse con tesoros en su descubrimiento de Eldorado. Pero afirmaron que tuvieron que abandonarlos durante una lucha en la que se vieron envueltos contra un grupo de mujeres guerreras. Este último hecho hizo que el río recorrido por Orellana y sus hombres durante el viaje se le diese el nombre de Amazonas.