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"El que nada duda, nada sabe."

Proverbio griego

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TEMA: Mal fario
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#2861
Mal fario hace 1 Año, 8 Meses Karma: 0
Amanda Sarmiento de Carvajal, acuario con ascendente en capricornio, era una mujer supersticiosa. Con el tiempo y sin saber a ciencia cierta cuál fuera el detonante o el pistoletazo de salida, había ido incorporando a su vida todo un abanico de rituales y rutinas encaminadas a alejar de sí la mala suerte que, a sus 42 años, la imposibilitaban para llevar una vida normal. Cada mañana al despertarse procuraba que su pie derecho fuese el primero en posarse sobre la alfombra del cuarto. Cuando por un descuido era el izquierdo el pionero, Amanda se metía de nuevo en la cama y allí permanecía todo el día para eludir cualquier revés de la fortuna.

Poco a poco fue deshaciéndose de los espejos de la casa. Al principio se miraba en ellos, con cuidado y respeto, pero el pánico que sentía pensando que pudieran romperse la empujó a ir quitándolos uno a uno: primero el del recibidor, después el del baño y el de la cómoda. Cuando llegó a la luna del armario, se dio cuenta de que estaba colada a la puerta. Si intentaba arrancarlo, corría el riesgo de que pudiese rajarse y partirse, lo que supondría siete años seguidos, con sus noches y sus días, de adversidades y miserias. Así que decidió cubrirlo con plástico de burbujas y encima colocó un cartón, fijándolo fuertemente con cinta de envolver. Se servía de una olla reluciente para maquillarse o peinarse, del vaho en las ventanas para repasar su aspecto. Había instalado candados en las puertas de los armarios y en los cajones, pero ante el miedo que la asaltaba al creer que podía dejar alguno mal cerrado en el que pudiesen colarse espíritus maléficos, optó finalmente por hacerse con una caja de puntas y un martillo y los clavó todos. Más de tres horas le costaba a Amanda salir de casa cada mañana empleadas en forzar armarios y cómoda, sacar la ropa deseada y volver a remachar.

Blacky era un regalo de su abuela y lo tenía desde hacía muchos años. Le había tomado cariño y no quería prescindir de él, pero tampoco era capaz de seguir conviviendo con un gato negro, así que un día resolvió el asunto comprando tinte en la droguería y mudando el pelaje azabache del felino por un tono indefinido entre marrón y dorado. A punto estuvo el animal de dejarse una vida en el experimento. Michael y Jackson, los dos peces tropicales que su madre le había comprado para que le hiciesen compañía cuando se independizó, fueron a parar a alguna alcantarilla a través de las tuberías del retrete. Arrancó las hortensias de las macetas y plantó en su lugar albahaca, ruda e hinojo. Sobre las puertas se balanceaban ristras de ajos; cuencos con vinagre y sal se camuflaban bajo camas y sobre armarios; platos de arroz con leche a la cabecera de su cama los primeros ocho días de cada mes esperaban a que la Virgen de las Mercedes diese buena cuenta de ellos a cambio de unas migajas de buenos augurios.

Dejó de echar sal en la comida y no volvió a probar un espárrago. Arrinconó el tostador tras una mañana en que se le quemaron las tostadas. En su cocina no entraba una botella de aceite desde hacía mucho tiempo para evitar su derramamiento. Jamás ponía el mantel sobre la mesa hasta tener ya todo preparado y apagaba la radio para comer no fuera a ser que se le diera por tararear alguna canción entre bocado y bocado. Tiró los cuchillos que su cuñada le había regalado para no poner en peligro su amistad y tampoco usaba los pañuelos que su tía le trajo de Holanda porque no tuvo una peseta a mano que entregarle el día que se los dio. Dejó de lucir los pendientes de oro con pequeños detalles de plata con los que sus compañeros de trabajo la obsequiaron por su cumpleaños; "oro y plata, mala pata". Aquí y allá salpicaban el suelo monedas que Amanda no se atrevía a recoger al haber caído con la cruz hacia arriba. A la entrada de la casa yacía una escoba sobre el suelo para ahuyentar a las brujas y una herradura de hierro colgaba de la puerta para atraer la buena suerte. En los rincones de la casa depositaba una manzana y un ramo de apio fresco sobre cada mesa.

Para cambiar bombillas o descolgar cortinas había terminado por apilar dos sillas. Tenía una escalera de mano, pero nunca la usaba no fuera a ser que, en un descuido, pudiera pasar por debajo de ella. En una ocasión, limpiando la persiana de la sala, las sillas se tambalearon y finalmente cedieron. Amanda cayó sobre la alfombra y a punto estuvo de partirse la crisma contra la mesita, pero la cosa quedó en un esguince en la muñeca y un buen susto. En verano, y a pesar del tórrido calor malagueño, dormía con ventanas y persianas bien cerradas ante el temor de que los rayos de la luna pudiesen incidir sobre ella. Para Amanda los meses tenían entre 27 y 30 días, ya que había optado por arrancar todos los 13 del calendario. Esas jornadas del mes las pasaba metida en la cama tapada hasta las orejas conjurando a la diosa fortuna. Revistió paredes y techos de madera e hizo levantar azulejos y baldosas de la cocina y el baño para reemplazarlos por tableros de elondo. Tiró a la basura paraguas y sombreros, y colgó las tijeras de la pared. Hizo que un electricista le manipulase la instalación para que una lámpara se apagase automáticamente si encendía una tercera. Claro que tenía que volver a enmendar el apaño todos los 31 de octubre en el que Amanda encendía una a una las luces de la casa para ahuyentar a las criaturas del más allá.

Hacía más de un lustro que Amanda no asistía a las cenas familiares. Tenía dos hermanos casados, cinco sobrinos, padre y madre, y una tía soltera. Entre todos arrojaban una cifra a la que añadir su unidad resultaba devastador. Así que desde que naciera Carlitos, su sobrino pequeño hacía ya cinco años, Amanda pasaba las navidades sola. Esas fechas le resultaban especialmente duras. Además de la autoimpuesta soledad, el trabajo se le acumulaba de tal manera que algunos años pensó no conocer el siguiente: la ropa interior roja, el anillo en la copa, las doce uvas preparadas, las maletas en la puerta. Una Nochebuena, viendo la televisión, conoció a través de un reportaje supersticiones y costumbres de otros países. En Colombia daba buena suerte usar prendas íntimas de color amarillo. Ella tenía una amiga oriunda del país sudamericano, por lo que pensó que la mala suerte colombiana podría cernirse sobre ella por simple cercanía. Así que, a las braguitas rojas que atraían el amor hubo de sumar un sujetador de aquel otro escandaloso tono, bueno para la prosperidad, además de ponerse ambos del revés para tener mucha ropa nueva todo el año. En Italia era costumbre acompañar las campanadas con lentejas en vez de con uvas. Según los relatos de su abuela, su tatarabuelo había nacido en Florencia, por lo que no estaba exenta de que los largos brazos de la adversa fortuna pudieran llegar a atraparla. Sentada frente a la puerta del sol de su televisor colocaba una uva sobre la cucharada de lentejas y se la metía en la boca con cada campanada. El sabor no era agradable, pero merecía la pena para mantener a raya el mal fario. Sobre la mesita desplegaba todo un arco iris de velas que encendía cuidadosamente antes de la media noche de San Silvestre: azul para tener paz, amarilla para la abundancia, roja para la pasión, verde portadora de salud, blanca para ahuyentar la oscuridad y naranja para sumar inteligencia. Y después del último dong hacía sonar estrepitosamente una campana situada bajo el muérdago de la entrada y arrojaba un vaso de agua por la ventana sin saber a ciencia cierta quién podría ser el infeliz y sorprendido destinatario. Toda esa noche la casa se inundaba con los cantos gregorianos que emanaban de su equipo de música a un volumen audible a tres manzanas de distancia.

En los días previos a la Navidad, Amanda se afanaba en hacer un aseo general a roperos y cajones. Tras desclavar puertas y gavetas, sacaba todo su contenido y lo repasaba escrupulosamente. Alguien le había dicho, o lo había leído, o lo había visto, que la ropa no usada en dos temporadas debía regalarse porque acumulaba energías negativas. En una ocasión le dolió mucho cederle a la hija de la portera el vestido que dos años atrás había lucido en la boda de su mejor amiga y que no había tenido ocasión de volver a ponerse. Tampoco era conveniente usar la ropa que otra persona había estrenado. Lástima de los bermudas que se comprara el verano pasado para ir a Mahón y que tuvo que prestarle a Rita cuando perdieron su maleta en el aeropuerto. La mañana de Nochevieja se daba un largo baño de infusión a base de acacia, eucalipto y comino, y fregaba el piso con ruda, romero y lavanda. Procuraba mudar las sábanas antes del 19 de diciembre y siempre en día diferente a viernes.

Dejó de coincidir en el ascensor con la vecina del tercero, irlandesa y pelirroja de nacimiento al ver que muchas veces que se cruzaba con ella no llevaba ninguna prenda con botones a los que encomendarse. Así que lo mejor era evitarla por completo. Tampoco volvió a comprar el periódico en el kiosco de la esquina ya que junto a él acostumbraba a colocarse el vendedor tuerto del cupón. Cuando le mandaba un ramo de rosas a su madre el primer domingo de mayo, recalcaba a la dependienta que el número fuese siempre impar, evitando obviamente el 12+1.

Amanda fue aislándose poco a poco del mundo que la rodeaba. La ausencia prolongada al trabajo le hizo perder su puesto en la oficina en la que llevaba contratada más de una década. Leyó decenas de anuncios en el periódico en el que se necesitaban camareras (seguro que tenía que trabajar con sal y aceite), dependientas (las tiendas estaban plagadas de espejos), limpiadoras (sin duda tendría que usar algún día una escalera de mano). Necesitaba encontrar un sustento rápidamente así que, tras nueve días de baños nocturnos en café, más un par de semanas de búsqueda infructuosa, por fin dio con algo que parecía poder mantenerla a salvo. Comenzó a trabajar como administrativa en una inmobiliaria en cuyas dependencias no había nada que pudiese ponerle zancadillas a su fortuna, ni tan siquiera un espejo en el aseo. La oficina estaba muy cerca de su casa, en la parte antigua de la ciudad. Al principio acudía caminando, pero cuando el ayuntamiento decidió cambiar el pavimento de las aceras y colocar pequeñas losetas cuadradas, Amanda optó por el autobús ya que le llevaría horas llegar sorteando los límites de cada baldosa. Gracias a la diosa Laksmi, sólo en media docena de ocasiones se vio obligada a tragarse el billete del autobús, algo imprescindible si el número del ticket resultaba ser capicúa. En el trayecto debía cruzar un túnel pero Amanda se las ingenió para subirse al saliente que la rueda hacía en el interior del autobús y tocar el techo cada vez que se adentraban en aquel angosto y oscuro pasadizo.

De nuevo comenzaron las ausencias. El 13 del primer mes, el del siguiente, el del otro y el de más allá. Ya no le quedaban excusas. Además, su tozudo pie izquierdo llevaba varios días empeñándose en llegar a la meta primero y no conseguía que su cerebro diese la orden correcta para que fuese el derecho el primero en despertarse. Tras una semana de faltar al trabajo y la llamada amenazadora del jefe, Amanda decidió poner fin a su tormento y a la posible causa de su despido. Se metió un pañuelo doblado en la boca, se agarró al marco de la puerta fuertemente con las dos manos, se encomendó a San Adrián y a San Pancracio y le propinó un brutal puntapié zurdo a la pared. Cayó al suelo desmayada, pero cuando recobró la consciencia asintió satisfecha ante un tobillo que más parecía el fuelle de una gaita asturiana. Tres meses de escayola y de baja durante los que la fortuna le sonreía al menos al despertarse. Optó por la silla de ruedas porque las muletas le hacían cojear, mala suerte asegurada.

Un día, concretamente un lunes con luna en cuarto creciente, Amanda decidió cortarse el pelo y darse unos brillos. No acudía con regularidad a la peluquería; allí la mala suerte se agazapaba en tijeras y espejos, y aunque no fuese ella misma la que tuviese que manipular esos objetos potenciales portadores de malos presagios, pensaba que las desdichas de otros siempre podrían salpicarla si cerca se encontraba de ellos. Aun así, y dado el desaliño de su aspecto, optó por ir dando un paseo por el parque hasta el centro comercial. Esa mañana la suerte parecía sonreírle: antes de acostarse vio cómo una estrella fugaz rasgaba la oscuridad de la noche; había soñado con un hermoso burrito; nada más poner el pie diestro sobre el suelo, halló un alfiler entre el pelo de la alfombra; al abrir las cortinas, descubrió a la cigüeña que anidaba en el campanario surcar el cielo de derecha a izquierda. Protegida por su pata de liebre, dos clavos oxidados, un trébol de cuatro hojas, el cascabel de Blacky y un céntimo de cobre que llevaba en el bolso, Amanda cruzó entre olmos y sauces. Al salir del parque y con la vista fija en las baldosas de la acera, no se percató de la presencia de un gato negro que asomaba sus orejas tras la esquina. De repente, se cruzó delante de los pies de Amanda que, en un intento por evitar al maléfico bicho, fue a parar sin querer bajo la escalera desplegada sobre la acera por dos operarios del ayuntamiento que reparaban una farola. Aterrorizada, Amanda saltó a la carretera y echó a correr, dando una inoportuna patada a una lata vacía. Esquivó como pudo coches y motos, peatones y malas vibraciones, asiendo fuertemente el bolso bajo el brazo derecho. A penas a cien metros de la entrada de su destino, y para no cruzarse con un anciano aquejado de una más que perceptible cojera, Amanda realizó un giro brusco que el coche fúnebre con la bandera verde bajada que en ese preciso instante salía de un semáforo no pudo sortear. A Amanda sólo le dio tiempo a pensar en qué momento de la jornada la suerte había decidido sacarle la lengua.

Velaron su cuerpo sus doce familiares más la pelirroja irlandesa. Su entierro lo ofició un párroco con un parche sobre el ojo derecho en un lluvioso martes y trece. Desde entonces, los restos de Amanda Sarmiento de Carvajal descansan en la sección trece del cementerio, junto a la tumba de un tal Infortunio Cenizo Malasombra, coronando la losa una maceta de violetas de plástico. La anhelada buena suerte quedó enterrada junto a su cuerpo a media docena de paladas de tierra fresca. Descanse en paz.
soniagrua
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Última edición: 21/05/2010 13:29 por soniagrua.
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#2862
Re: Mal fario hace 1 Año, 8 Meses Karma: 19
Enhorabuena, Soniagrua. Tienes relatos muy interesantes y creo que suficiente número como para publicar un libro propio de relatos. ¿Te lo has planteado alguna vez?
KalEl
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#2873
Re: Mal fario hace 1 Año, 8 Meses Karma: 0
Gracias KalEl. Es un honor que te gusten. La verdad es que tengo unos cuantos, pero llegar a publicar, y tal como está el mercado de saturado, ni me lo planteo. Necesitaría contactos, padrinos, pasta, y no tengo nada de eso. De momento es un hobby. Suelo presentarme a concursos como éste y poco más. Gracias de todos modos.
soniagrua
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#2885
Re: Mal fario hace 1 Año, 8 Meses Karma: 4
Hola Soniagrua. Enhorabuena nuevamente, es el tercer relato que te leo, y los tres me han parecido fantásticos.
Permíteme, si te sirve de algo, (y está claro que para gustos los colores)de los tres el que más me gustó fue el anterior, (creo que se titulaba "página 91", aunque ya te digo que los tres tienen, desde mi punto de vista, un nivel excelente.
viernes
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#2886
Re: Mal fario hace 1 Año, 8 Meses Karma: 0
Muchas gracias Viernes, me alegro de que te gusten.
soniagrua
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#2895
Re: Mal fario hace 1 Año, 8 Meses Karma: 1
Felicidades Soniagrua
pepi
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