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Albert Einstein

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Manchas indelebles
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TEMA: Manchas indelebles
#2819
Manchas indelebles hace 1 Año, 9 Meses Karma: 4
Lo presenté a otro concurso (le pillé gustillo a eso de presentarme a concursos). Por favor decidme qué os parece (si tenéis paciencia para leerlo todo).

Gracias


MANCHAS INDELEBLES

LA CATARATA SANGRIENTA

Casi parabólica, la trayectoria del tomate frito al caer desde el balcón hasta la calle me produjo un desasosiego infinito.
Creo que ninguno de los dos entendíamos porqué lo hacíamos, pero allí estábamos Alberto y yo, él mirando tras la persiana del dormitorio de Miguel y yo tumbado en el balcón con el frasco en la mano asomando al otro lado de la barandilla, imaginando cómo toda la energía potencial que podía ofrecer un cuarto piso se convertía en energía cinética al desplomarse sobre la acera.
Tras el grito de un transeúnte sorprendido por aquella catarata sangrienta, cual soldado que con fusil en mano se arrastra por el suelo para no ser alcanzado por las balas enemigas, me desplacé desde el balcón con el bote vacío hacia el salón. Allí, con la luz apagada para no alarmar al vecindario, había regresado también Alberto, cuya misión había consistido en avisarme cuándo debía comenzar a deslizarse el tomate por la noche cordobesa en busca de la desgraciada víctima, escogida aleatoriamente entre las pocas sombras, que irreconocibles tras la persiana, deambulaban a esa hora por la ciudad.
Alumbrados por el resplandor de las luces de la calle, reímos durante unos minutos interminables. Había sido un plan perfectamente elaborado con unos inmejorables resultados, que ponía punto y final a todo un año de gamberradas al que de forma inconsciente intentábamos aferrarnos.
- Cuando se lo contemos a Miguel no se lo va a creer- Decía Alberto entre carcajadas.
Miguel era el tercer mosquetero habitante de aquel piso. Él había terminado su último examen del curso aquella tarde y seguramente estaría medio borracho celebrándolo con sus compañeros de clase.

EL PISO DE ESTUDIANTES

No era excesivamente grande. Nuestro viejo piso de estudiantes tenía tres dormitorios. Cada uno con el número suficiente de antiguos muebles como para hacer una vida estrictamente estudiantil, cada uno con cortinas y colchas de tonalidad suficientemente intensa como para caer en una escocesa depresión de cuadraditos rojos y azules desvaídos por el sol.
El pequeño salón estaba amueblado con una mesa camilla, brasero montado sobre bastidor de madera bajo faldillas de bordados carbajalinos, tres sillas de anea y dos sofás con tapicería salpicada de manchas que, al igual que los anillos de los troncos de los árboles, no sólo nos daban a conocer su avanzada edad, sino que también nos proporcionaban una idea de las extremas condiciones con las que tuvieron que enfrentarse durante su larga vida.
Apoyada sobre una de las sillas, como si de un idolatrado tótem se tratara, se erigía una televisión de convexísima pantalla, donde el fútbol se veía en tres dimensiones, del que sobresalía un trozo de palillo de dientes que empotrado en el hueco del botón de encendido se hacía imprescindible para su correcto funcionamiento.
Una digna cocina y un cuarto de aseo casi indígena completaban las entrañas fundamentales de nuestro viejo piso.
Pero a pesar de padecer una irremediable halitosis, la mejor estancia del piso era el pasillo donde un perpetuo olor a patio interior ambientó los grandes acontecimientos deportivos disputados aquella temporada. Era un pasillo largo, de unos cinco o séis metros, con una portería en cada extremo: La puerta de entrada al piso y la puerta del salón. Colgados de las paredes había un espejo en el que sólo se veía la cara Miguel, al que denominábamos cariñosamente “el enano”, y dos abanicos gigantes, uno de color rojo y el otro, situado frente a la puerta de la cocina por donde entraba el sol de mañana, de un color indeterminado.
Una noche el enano se disponía a rematar de cabeza uno de mis magistrales centros, cuando entre tanta euforia, chocó con la pared e hizo desplomarse el abanico gigante de color indeterminado. Al caer, aquel abanico nos mostró su otra cara, que resultó ser tan roja como la de su vecino de pasillo.
Aquel descubrimiento obligó a suspender el partido y someter a votación el futuro de aquel elemento decorativo, que a buen seguro había acompañado a tantos y tantos universitarios antes que a nosotros, y que quemado por el sol de tantas mañanas vacías esperando un milagro, había perdido su color original.
Después de toda una noche deliberando, decidimos homenajear a aquel abanico, colgándolo en el salón por su lado más encarnado. El espejo de Miguel y el abanico rojo se mantendrían en el mismo lugar donde habían estado siempre y frente a la puerta de la cocina quedaría una mancha blanca, casi virginal, con forma de abanico gigante que nos acompañaría el resto del curso.

Aquella noche, con algo parecido a una gota de agua emergiendo del lacrimal de mi ojo izquierdo, mientras veía como reía Alberto en la oscuridad y escuchaba los gritos del caminante nocturno que fue agraciado con la ducha de tomate frito, no podía dejar de pensar que aquella sería la última noche que dormiríamos en nuestro viejo piso.

LA MADRE DE ALBERTO

Miguel y yo éramos amigos desde el colegio. Alberto, en cambio era un completo desconocido.
Nuestra relación comenzó con un “se buscan dos estudiantes (chicos), limpios y responsables para compartir piso con estudiante de 1º de ingeniería en piso céntrico con tres dormitorios”, que encontramos en un cartel colgado de una farola que iluminaba la entrada a la estación de autobuses.
-Mira que anuncio- me dijo Miguel cuando salimos de la estación, -a quién se le ocurre poner semejante tontería. Limpios, responsables…!. Será novato!.
-Será que nosotros no lo somos- contesté.
Me acerqué y vi un papel arrugado con manchas rojas pegado desordenadamente con trozos de fixo mal cortado a aquella farola. Pareciera que llevaba puesto allí desde hacía años, pero nadie había arrancado ningún recorte con el teléfono, de los que colgaban de él.
-Cómo puede pedir ese tío dos estudiantes limpios. Será guarro, si lo ha colgado arrugado y con manchas de tomate- gritó Miguel.
Unas horas antes, sentados en la cafetería de la estación de autobuses, Alberto y su madre se disponían a almorzar. El plato de espagueti de Alberto, el bocadillo de calamares de su madre y el cartel que poco después llamaría la atención de Miguel, apoyados en la mesa, formaban un triángulo imaginario que, unos meses más tarde nos contó Alberto, como sólo un estudiante de ingeniería podía explicar, representaba la proyección en planta de toda una serie de tensas miradas que durante toda la comida se intercambiaron madre e hijo, entre ellos y con aquel trozo de papel que acabó suponiendo el mejor año de nuestra vida.
-No voy a colgar eso en ningún sitio mamá. Van a pensar que soy un novato estúpido. - Dijo Alberto.
-No quiero que piensen eso…., intentó responder su madre, pero Alberto le interrumpió gritando:
-Has intentado dirigir todos mis movimientos desde que llegamos, como si fuera un niño, has alquilado el piso que a ti te gustó, te colaste en la cola para echar la matrícula dejándome en evidencia ante el resto de universitarios y ahora que estás a punto de marcharte pretendes seguir controlándolo todo dejando estúpidos carteles por la ciudad.
La madre de Alberto agachó la cabeza. Después de unos segundos interminables volvió a mirar a su hijo pequeño, y tras dudar si decirle que se limpiara el tomate de la comisura de sus labios, se giró en busca del camarero y le pidió la cuenta.
La presencia del camarero, no sólo contribuyó a liberar levemente el pequeño monedero de la madre de Alberto, sino también a descargar la angustia que envolvía el ambiente alrededor de la mesa.
-Bueno hijo me tengo que ir, mi autobús sale en diez minutos. Nunca olvides lo mucho que te quiero, y que confío en ti aunque tú no te des cuenta. Perdona si en algún momento te he avergonzado, a veces me parece que fue ayer cuando te solté la mano para que empezaras a andar.-
Tras sincerarse con su hijo, se levantó controlando el flujo de lágrimas que estaba a punto de verter sus ojos, cogió el cartel y lo hizo un gurruño entre sus manos, buscó la papelera más cercana, se aproximó a ella y lo dejó caer. Volvió hacia la mesa con la cara desencajada, cogió su pequeña maleta y se dispuso a caminar hacia el andén 22, desde donde salía su autobús.
Su hijo le seguía aceleradamente el paso a su lado, mirándola de vez en cuando a los ojos, buscando en ellos algún pequeño atisbo de perdón.
Aquella tarde el andén 22 estaba tan concurrido que nadie escuchó el “cuídate hijo mío” que desde los labios de ella precedió al “no te preocupes mamá” que él guardó para siempre en su corazón.
El abrazo de despedida fue corto, cargado de miedos. Los lánguidos brazos de Alberto gravitaron rodeados del cordón que el día de su nacimiento alguien olvidó cortar. Luego ella subió al autobús y el andén 22 quedó desierto.
Instantes más tarde, al otro lado de la ventanilla, la madre de Alberto siguió viendo el desconsuelo en el rostro de su hijo. Se sintió culpable y le lanzó una sonrisa y un beso. Alberto no pudo aguantar más y rompió a llorar. Ella, volvió a recordar la mañana en que su pequeño comenzó a andar sólo y de manera refleja se llevó el dedo índice a la comisura de sus labios para que Alberto se limpiara el resto de tomate que aún seguía teniendo en los suyos.
El autobús partió y madre e hijo se despidieron entre sollozos. Una nueva vida comenzaba para los dos.
Tras la despedida, la madre de Alberto se dispuso a dormir algo. Mientras, él se dirigió a la cafetería de la estación. Cuando llegó se arrodilló al lado de la papelera donde su madre echó el cartel, revolvió ansiosamente toda la basura que había en su interior hasta que encontró el gurruño de papel que buscaba.

ALMUDENA Y MIGUEL

Cada vez que cerraba los ojos y miraba al cielo, Miguel veía el rostro de aquella chica.
El dormitorio de Almudena estaba situado justo frente a la ventana de mi cuarto. La noche en la que, tras las cortinas azules de sus aposentos, aquella chica nos dejó ver la silueta de su cuerpo en un improvisado streeptease, Miguel quedó completamente colgado.
En condiciones normales, los tres hubiéramos coincidido absurdamente en que aquella chica lo había hecho a propósito. “Sin ninguna duda sabía que estábamos allí y se proponía ponernos a cien con su mejor lencería”.
Pero en este caso aquella silueta causó un extraño efecto en Miguel que, ante nuestros jocosos comentarios, sin más se levantó, cerró la persiana y se marchó diciendo -vaya par de salidos que estáis hechos. Si la pobre chica supiera lo que estáis haciendo…-
Cuando Miguel cerró la puerta del dormitorio, Alberto volvió a levantar la persiana, pero el espectáculo había terminado. La chica había apartado las cortinas y su figura se dejaba ver intermitentemente por la ventana mientras organizaba la ropa de su armario. Evidentemente, como en el fondo los tres sabíamos, aquella chica no tenía ni idea de nuestra existencia y por supuesto, no nos había dedicado aquel sugerente espectáculo tras la cortina de su alcoba.
En unos minutos habíamos pasado de ver una sensual silueta de mujer desnudándose ante nuestros ojos a contemplar como una chica de nuestra edad, con el pelo recogido en una sencilla coleta se disponía a organizar su habitación.
Llamamos a Miguel para que pudiera ver la faceta más decente de nuestra vecina y jurando en arameo y poniendo en duda nuestra decencia, se acercó a mi dormitorio y se dispuso a contemplar el nuevo espectáculo.
Miguel se sentó en mi cama y cuando aquella chica pasó por delante de la ventana, con la cara pálida dijo: -pero si es Almudena Tejón-.
Fue de este modo como descubrimos que nuestra vecina se llamaba Almudena y era compañera de clase de Miguel.
A la mañana siguiente Miguel, que no se caracterizaba precisamente por su puntualidad en la asistencia a clase, se levantó temprano, se duchó y se dispuso a ir a la universidad. Desde el salón, Alberto y yo observamos como Miguel cuidadosamente despeinado, se miraba en su espejo y se marchaba a la calle.
Nunca supimos lo que aquella mañana ocurrió pero, a su vuelta, Miguel cerró la puerta de la calle, se volvió a mirar en el espejo del pasillo y sin mediar saludo, me dijo: -Te cambio el dormitorio por dos turnos de limpieza-.
La negociación concluyó con un mes de limpieza a cambio de la habitación desde donde se podían espiar los retales más íntimos de la vida de Almudena Tejón.

Alta y delgada, Almudena no era precisamente el tipo de chica que llamaba la atención a primera vista. Pero he de reconocer que, como decía Miguel, tenía algo especial. Sus ojos o su boca eran los atributos, que el enamorado, en su intrínseco estado de estupidez, destacaba de su amada como especiales. Pero la objetividad del observador pasivo en el que me había convertido, no reparaba en que sus pequeños ojos marrones o su boca de delgados labios le hicieran más especial que cualquier otra chica de su edad. En cambio su risa sí.
Alberto decía que al principio nos atraían las virtudes de los demás, pero que con el paso del tiempo eran sus defectos lo que nos permitían seguir amándoles.
Algo parecido debió ocurrir con la risa desordenada de Almudena. Miguel, se acabó encaprichando de una chica que reía a carcajadas. A Almudena no se le conocía sonrisa, su risa sincera y expectante, sin ademanes superfluos, aparecía en el momento más insospechado, sin dejar el más mínimo protagonismo inicial a su desconocida sonrisa.

A pesar de ser un chaval muy extrovertido y no precisamente tímido, en su relación platónica con Almudena, Miguel ocupó una posición demasiado prudente y cubierta de cierta dosis de obsesión. Miguel, y por ende nosotros, llegamos a conocer absolutamente todos los movimientos de Almudena: De dónde era, con quién y a qué hora salía,….., por no hablar de otras costumbres vigiladas desde la ventana del dormitorio como a qué hora se despertaba, cuándo estudiaba, cuándo se acostaba……En definitiva, Miguel dirigía su vida en función de lo que conocía de la vida de su amada.
Alberto y yo le escuchábamos y le animábamos pero no conseguimos que se despojara de la vergüenza que sorprendentemente se había apoderado de él y le impedía acercarse a Almudena. En todo ese tiempo no había cruzado ni una sola palabra con ella.
Miguel se miraba todas las mañanas en el espejo donde sólo él podía verse la cara, con la seguridad del cazador que está preparado para cazar a su presa.
Por las noches, en cambio, tras perseguir los pasos de su amada durante todo el día, llegaba al portal de nuestro piso con el rostro del animal que está a punto de ser cazado por su propia sombra. Entonces comenzaba su ritual antes de entrar en casa: Miraba hacia el cielo con los ojos cerrados para poder observar su rostro, pasados unos eternos segundos los volvía a abrir y buscaba su ventana entre la noche. Luego apesadumbrado entraba en el portal.
-De mañana no pasa- decía Miguel cuando terminaba de contarnos las aventuras de cada día. Pero nunca cumplía su promesa. Hasta que una noche, un Miguel más sereno y casi desconocido nos habló de metas parciales y meta final, nos dijo que no importaban las batallas perdidas, sino ganar finalmente la guerra, y que su objetivo último era conocer a Almudena a final del curso. -Si para entonces no la conozco habré perdido la guerra y tendré que dedicarme a otros campañas que me hagan olvidar el dolor de su indiferencia- Dijo con una seguridad aplastante ante nuestras cómplices sonrisas.
Alberto y yo nunca supimos qué había hecho cambiar la actitud desesperada de Miguel, y la había convertido en planificada y casi estratega. Si bien es cierto que los resultados siguieron siendo nulos, la cara del enano había cambiado. La presión a la que él mismo se había sometido desapareció, y desde entonces el reflejo de su espejo por las noches no era tan frustrante como antes.
Pero el tiempo pasaba, el final del curso estaba cada vez más cercano y la risa desordenada de Almudena Tejón seguía volando sin control más allá del tercer piso del bloque de enfrente.
La noche de su último examen, Miguel salió de marcha con sus compañeros, pero el rastro de Almudena desapareció cuando abandonaron el aula al caer la tarde. Miguel se propuso beber hasta la embriaguez, para celebrar el final del curso y no acordarse demasiado de su amada a la que, como había prometido, tendría que olvidar a partir de la mañana siguiente.
Camino del piso, entre el mareo y las ganas de vomitar que le provocaba la dosis de ginebra que aún se paseaba por sus venas, Miguel no podía dejar de pensar en Almudena. Aquella noche sería la última vez que celebrara su ritual, y había decidido hacerlo lentamente para no olvidarlo jamás.
Así, de este modo llegó a la puerta del piso, cerró los ojos fuertemente y miró al cielo. En esta ocasión pudo contemplar perfectamente su rostro. Gracias a los efectos del alcohol pudo verla e incluso oírla reír. Mantuvo sus ojos cerrados unos segundos hasta que sintió algo extraño, fue entonces cuando los abrió y vio como un haz de luz rojo caía del cielo aterrizando finalmente delante de sus zapatos. Pasaron unos segundos hasta que se dio cuenta que no era un haz divino sino tomate frito, entonces comenzó a gritar y a insultar al cielo, a la tierra, a los ángeles y a los demonios maldiciéndose por su mala suerte. Cuando cedió en sus improperios se dio cuenta que aún podía escuchar la sonora risotada de Almudena, así que miró hacia su ventana y la vio reír junto con sus compañeras de piso. Almudena señaló a la ventana de nuestro piso y entre carcajadas se dirigió a Miguel por primera vez gritándole:
- Han sido tus amigos-.
Miguel, borracho de satisfacción, saludó al tendido cual torero que hubiera cortado las dos orejas y el rabo. Las manchas de tomate inundaban su rostro y su ropa, pero en su mirada quedó una mancha blanca, casi virginal, que ponía fin a aquellas otras de colores indeterminados que su espejo le estuvo devolviendo durante todo el curso.
viernes
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#2820
Re: Manchas indelebles hace 1 Año, 8 Meses Karma: 0
Jo, precioso. Me ha encantado. Enhorabuena. Preséntalo a cualquier consurso que fijo que ganas. Muy bien hilado, gracioso, sorprendente, tierno, real... Una gozada, de verdad.
soniagrua
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#2821
Re: Manchas indelebles hace 1 Año, 8 Meses Karma: 4
Me alegra muchísimo que te haya gustado. No creo que gane el concurso,con comentarios como el tuyo, me da igual.
Gracias
viernes
Usuario Senior
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#2822
Re: Manchas indelebles hace 1 Año, 8 Meses Karma: 1
Muchas felicidades. Me ha encantado, he disfrutado con él. Es un relato que engancha desde el principio, divertido y sentimental a la vez. Seguro que eres ganador en cualquier concurso. Enhorabuena
pepi
Usuario Senior
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#2835
Re: Manchas indelebles hace 1 Año, 8 Meses Karma: 4
Me alegro muchísimo que te haya gustado Pepi. No creo que gane el concurso, el nivel de estos concursos, por lo que he comprobado en éste, es muy alto, así que me siento más que recompensado con que le guste a la gente.

Gracias por leerlo
viernes
Usuario Senior
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#2842
Re: Manchas indelebles hace 1 Año, 8 Meses Karma: 0
ENHORABUENA
Santi7
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