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"Es mejor ser rey de tu silencio que esclavo de tus palabras."

William Shakespeare

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Pedro en el país de las maravillas
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TEMA: Pedro en el país de las maravillas
#1819
Pedro en el país de las maravillas hace 1 Año, 11 Meses Karma: 0
Pedro en el país de las maravillas

¿Dónde se había metido aquel maldito conejo? Recordaba haberle visto hacía sólo unos momentos. Al parecer buscaba un reloj de bolsillo que, por alguna extraña razón, había ido a parar al estómago de un enorme cocodrilo. El dichoso conejo lo necesitaba para no llegar tarde a una fiesta de cumpleaños. Pedro también quería ir a aquella fiesta. No es que le apeteciese demasiado relacionarse con todos aquellos frikies, pero tenía tanta hambre que podría comerse un buey crudo. Tampoco había ni rastro del grupo de enanos. ¡Menudos personajes! Cantaban alegremente mientras desfilaban delante de sus narices completamente ajenos a su presencia. Según la letra de la canción, venían de visitar a su abuela que, por lo visto, estaba enferma. Y seguramente se dirigían ahora a la fiesta.

Lo que no alcanzaba a entender era cómo demonios había aparecido en aquel lugar. Se había metido en el coche, como cada mañana, camino de la oficina. No recordaba haber llegado a su despacho y sí una terrible caravana en la autopista. Y, de repente, se hallaba en aquel sitio rodeado de árboles y de un sinfín de pintorescos seres.

Bah, lo único que le interesaba era llegar a la dichosa fiesta. El cumpleaños era de Alicia, una chica fantástica a la que había visto a la mañana acompañada de un gato calzado con unas botas hasta la rodilla. La tal Alicia llevaba un poncho de color rojo que le cubría los hombros y la cabeza. Increíble si uno tenía en cuenta que estaban en agosto. Por lo demás, era preciosa. Sólo había cruzado unas palabras con ella y sin más le había invitado a su fiesta, aunque se le había olvidado mencionar dónde era.

Estaba recogiendo unas margaritas para llevar como regalo cuando a su espalda oyó el trotar de caballos. Divisó una especie de carroza que se detuvo a pocos metros de donde se encontraba. De ella descendió una tía estupenda, con un corpiño que le marcaba la cintura y le apretaba el pecho hasta casi rozarle la barbilla. Era muy joven, a penas 17 ó 18 años, pero con una planta increíble. Para su sorpresa, se dirigió hacia él y le preguntó dónde estaba el palacio del príncipe. Por lo visto acudía a un baile que se celebraba en honor al heredero. ¡Qué fuerte! ¿Pero dónde demonios había ido a parar? Se fijó un poco más en la chica, que se presentó como Blancanieves. Ridículo nombre si uno tenía en cuenta su piel de color aceituna y el pelo negro azabache. Se dio cuenta de que llevaba unos zapatos de cristal que dejaban entrever los dedos de los pies. “Menudo peligro como se caiga”, pensó Pedro. Le dijo que no tenía ni idea de ningún baile ni palacio, pero que sí había oído algo sobre una fiesta de cumpleaños a la que él también estaba invitado.

- Bueno, puede que cambie de planes. Quizá sea más divertido ir a esa fiesta contigo. Iré a casa a ponerme algo más acorde y nos veremos en la fiesta.

A Pedro no le dio tiempo a decirle que no sabía dónde se celebraba. La tal Blancanieves montó en su carroza y se perdió en el horizonte.

- Maldita sea. Para una vez que una tía buena me hace caso…

Decidió caminar un poco adentrándose en aquella espesura. Al cabo de unos minutos, divisó en un claro del bosque una pequeña cabaña. Puede que allí estuviesen todos. Acercándose un poco más, vio que las paredes de la casa se derretían bajo el sol sofocante. No daba crédito, pero parecía hecha de chocolate, caramelo y azúcar. Le pegó un buen mordisco a uno de los aleros del tejado. Por la puerta apareció una niña de unos 8 años con el pelo rubio y rizado, como salida de un cuento. Iba acompañada de tres cerdos gordos que repetían sin cesar que alguien se había comido su sopa.

- A mí no me miréis – dijo Pedro. Hace días que no pruebo bocado excepto el que acabo de darle ahora a vuestra casa.

Le invitaron a entrar. Dentro, sobre una cama, descansaba otra chica tan increíble o más que la de la carroza. Parecía profundamente dormida. La niña de los rizos de oro le contó que se llamaba Ariel (ostras, como el detergente, pensó Pedro), y que llevaba varios días en ese estado. Por lo visto, su hada madrina le había dado de comer unas habichuelas que la habían dejado así y sólo un buen beso conseguiría despertarla.

“Pues menuda pájara de madrina”. Tonterías a parte, sin duda ese era su día de suerte. Se agachó y con toda la delicadeza de que era capaz, le plantó un beso en la boca a la muchacha. Un fogonazo de luz invadió la estancia y al abrir los ojos, el pedazo de mujer a la que acababa de besar se había convertido en una asquerosa rana verde que salió a saltos de la habitación.

Pedro abandonó la casa y decidió buscar su coche para salir inmediatamente de allí. Comenzaba a hartarse de tanta estupidez. Puso rumbo al lugar donde le parecía que había llegado la primera vez. Por el camino escuchó un lamento, como un sollozo. Detrás de una roca descubrió a una muchacha preciosa, la más guapa que había visto en su vida. Llevaba una especie de bañador que dejaba al aire unas piernas largas y bien torneadas. Lo más asombroso era que tenía alas como las de una abeja. Le explicó que era una ninfa, de nombre Cinderella, (“Esto no se lo va a creer nadie en la oficina”) y que se había pinchado el dedo con una rueda de hilar. Su madrastra le había encargado coser un par de trajes nuevos para el emperador y así no iba a ser capaz. Por eso lloraba. No sabía cómo, pero prometió ayudarle. Cinderella le miró sonriente y enjugándose las lágrimas se acercó dulcemente a su rostro dispuesta a besarle.

- ¿Cómo se encuentra hoy? Nos alegramos de que por fin se despierte.

- ¿Dónde estoy? ¿Qué me ha pasado?

- Está Ud. en el hospital. Sufrió un accidente hace un par de días y ha estado en coma hasta hoy. Las lesiones que padece no revisten gravedad pero tendrá que permanecer en observación unos días más. Le han escayolado la pierna y tiene un traumatismo en la cabeza.

Había sido un sueño, nada más que eso. Maldita sea. Quería volver junto a su ninfa, abrazarla y besarla.

- Por favor señorita, ¿no podría Ud. darme algo para dormir un rato más? – le preguntó a la enfermera que le ajustaba la vía.

- Lo siento, el doctor ha dicho que debe permanecer despierto para hacerle unas pruebas. Si necesita Ud. cualquier otra cosa, haga sonar la campanilla. Mi nombre es Gretel.

No había reparado en ella, pero cuando la enfermera se disponía a salir de la habitación, se fijó en que calzaba zapatos de cristal y en que a penas podía ocultar las alas bajo la bata blanca.
soniagrua
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Última edición: 09/03/2010 12:14 por soniagrua.
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#1824
Re: Pedro en el país de las maravillas hace 1 Año, 11 Meses Karma: 1
Me sorprenden la variedad de tus relatos. Felicidades por ello. Me ha gustado mucho
pepi
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#1835
Re: Pedro en el país de las maravillas hace 1 Año, 11 Meses Karma: 0
Bueno, inspiraciones diversas, sin más. Me alegro de que te haya gustado. Gracias
soniagrua
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